Apetece la lluvia blanca, en ella habita el puro vento; allí navega solo y virtuoso, por ambientes que no lo frenan; al osado soplo lo imanan las amplias cumbres del ser frío, en su rudo en invencible rostro las quejas sociales apestan, su frescor de locura lleva pone a danzar al grueso pelo, y aterroriza al tenaz suelo en lápida del cementerio.
Ruge con fuerza el misterioso, ufanándose de invisible; eterno en el profundo cielo se acerca buscando lo inmenso, en montes repletos de fuego que en manos de los seres del ocaso, serán tiniebla de monedas, serán destrucción por arena.
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